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En el panel central El Bosco refleja los pecados a los que se abandona la
humanidad tras la caída del pecado original, poniendo el énfasis en el pecado
de la lujuria.
En este panel manifiesta de forma rotunda todo tipo de
relaciones sexuales. Abundan las parejas heterosexuales en actitudes de
claro contenido erótico, pero están también presentes con meridiana
claridad alusiones a la homosexualidad (hombre agachado al que otro le
inserta una flor en el ano), al adulterio (el marido engañado que lleva a
sus espaldas a los amantes encerrados en un mejillón) y al onanismo.
Esta actitud del Bosco, complacientes en aquello que parece
condenar, llevo a algunos autores como Fraenger a considerar demasiado
alegremente que el Bosco pudo pintar esta obra como ilustración de los
contenidos de la secta hereje de los “Adamitas”. La escena representaría
el
Paraíso sensual de los adamitas, libre de prejuicios y frustraciones
y en íntimo contacto con la divinidad a través del amor espiritual y físico.
Los Hermanos del Espíritu Libre basaban su
doctrina en la creencia de que tanto el bien como el mal dependen de manera
exclusiva de la voluntad divina y de que, por tanto, el hombre no puede merecer
la vida eterna por sus propios méritos. La humanidad, en consecuencia, estaba
destinada a la salvación eterna y la existencia del infierno era una fábula.
Para los adamitas, la represión del pecado (predestinado a producirse) era peor
que el mismo pecado. El acto sexual era un placer paradisíaco. La unión del
placer y el amor, sensual y espiritual, era el mejor de los medios para
restablecer la inocencia perdida del Edén.
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